lunes, 27 de octubre de 2014

Nunca es tarde para aprender a escribir

El Día de Valladolid, lunes 27 de octubre de 2014

Analfabeto es la persona que no sabe leer ni escribir, pero desde hace tiempo esta definición también se emplea para definir a los que carecen de los conocimientos más básicos para desenvolverse en la vida diaria.

En la provincia de Valladolid hay registrados 4.070 ciudadanos profanos en conocimientos y  comprensión, según el último censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística. La edad media de estas personas ronda los 62 años, y sólo el ocho por ciento son inmigrantes. Este grupo de población se incrementa notablemente cuando se trata de adultos sin estudios, ya que más de 26.230 vallisoletanos no han pasado por ningún centro educativo y no pueden acreditar una mínima formación académica. En este sector la edad media sube hasta los 71,9 años, y sólo el cuatro por ciento son foráneos.

El mapa del nivel de estudios en la provincia también registra que 72.350 personas, con una edad media de 60,5 años, que han asistido a la escuela cinco o más años pero que no han llegado a cursar el último curso de ESO, EGB o Bachiller Elemental.

Este colectivo de analfabetos o personas sin formación básica tiene una segunda oportunidad gracias al programa municipal de educación de personas adultas que se imparte en nueve centros cívicos de la capital desde hace casi 25 años. Estos cursos están gestionados por la Federación de Colectivos de Educación de Personas Adultas de Valladolid (FeCEAV), una organización sin fines lucrativos, y están financiados por el Ayuntamiento. «Nunca es demasiado tarde para aprender.  Muchas personas buscan su alfabetización en distintos niveles, pero también acuden a nosotros en busca de autoestima y de unas herramientas básicas para funcionar y prosperar en la sociedad», señala Amparo Martín, directora técnica del programa.

Un buen ejemplo de este ejercicio de autosuperación es el de Felisa Baraja Ruiz, de 77 años, que lleva seis años en el programa. «No sabía nada y ahora ya me defiendo leyendo: ya puedo leer las revistas, los rótulos de la tele y los cuentos a mí nieto», comenta llena de satisfacción.

Los alumnos del programa de educación de adultos tienen «una motivación y una fuerza de voluntad muy especial», como señalan sus profesores. «Cuesta estudiar porque los años pasan y la cabeza no funciona», advierten algunos, mientras otros señalan que «da un poco de corte el primer día». Pero las ganas de aprender pueden con esas limitaciones y eso se nota cuando relatan por qué tomaron la decisión de volver al ‘cole’ después de tantos años. «Yo dejé la escuela a los 14 años para ir a arar con las mulas», señala Domingo Pascual, de 78 años. «Llevo cuatro años y he aprendido mucho, ya puedo escribir y entiendo las matemática, pero me queda más por aprender», comenta.  

Unas vivencias que también comparte Pilar García, de 70 años, que llegó a las clases sabiendo «leer y escribir un poco» porque como Domingo fue al colegio hasta los 14 años, cuando lo tuvo que dejar para desplazarse a trabajar a Valladolid. Aunque sus ansias por saber leer y escribir para entender el mundo que la rodea no son nuevas le ayudaron a «aprender a leer con los tebeos de los niños que cuidaba cuando era joven». Ahora, Pilar acude a unas clases regladas, donde ha conseguido adquirir competencias lectoras y  en matemáticas para desenvolverse mejor. «Estoy encantada, vine porque me lo recomendó la asistente social y mi familia, Y ahora ya no lo podría dejar nunca».

El boca a boca también hizo que Concha Vicente, de 75 años, se apuntara estos cursos. Era su asignatura pendiente. «Dejé la escuela a los 13 porque tenía que trabajar, pero si hubiera podido seguir estudiando hubiera escogido ciencias». Así que su asignatura favorita son las matemáticas, pero también los dictados aunque reconoce con cierta frustración que se le atragantan la ‘v’ y la ‘b’. En estas clases también ha descubierto el placer de la lectura. «Leo revistas pero también libros. Ayer saqué de la biblioteca ‘Viaje al centro de la Tierra’, de Julio Verne», relata orgullosa. «Leo todas las noches en la cama de las 10 hasta las dos de la mañana», señala.

El curso pasado pasaron por las aulas del programa municipal más de 2.046 alumnos frente a los 1.555 de 2008, aunque el presupuesto de este programa municipal se ha rebajado casi un 20 por ciento este curso. Una situación que provocó cierta incertidumbre  a principios de este curso en los alumnos veteranos. «Si no hubiesen inventado este programa habría que inventarlo. El Ayuntamiento no lo puede quitar», pide Mª Teresa Gallo, de 70 años, que ha encontrado en estas clases una solución a la soledad de su jubilación. «Es fundamental, un derecho que tenemos todos porque necesitamos tener dedicación a algo o a alguien», reitera. Su defensa de estas clases es tan radical que pide a los partidos políticos que pongan la oferta de este tipo de programas en sus programas para las elecciones municipales próximas, «para que luego lo cumplan».

Una preocupación palpable entre los responsables de la Federación que piden que se mantenga el compromiso con este programa en años venideros, ya que la contrata ofertada por el Ayuntamiento se circunscribe a esta anualidad, mientras que en ediciones anteriores se hacía por varios años. Los educadores defienden que los beneficios de esta reeducación son claros y aseguran que sus alumnos envejecen con salud y son más autónomos en su vida cotidiana. Algo que confirma Josefina de Castro, de 76 años, que asegura que desde que asiste a clases tiene «más autoestima y alegría». «Te obliga a salir de casa», señala mientras todos sus compañeros asienten y corean que en esta aulas todos han encontrado «una segunda familia».

Estos programas de educación de adultos prestan especial atención a la diversidad y durante los últimos cursos han atendido anualmente a una media de 200 personas en serios riesgos de exclusión social y perceptoras de salarios de inserción. «Cada año es más la demanda de formación básica necesaria para una población coma vez más extensa de personas adultas sin empleo, sin recursos y con carencias formativas gravísimas que les dificultan superar esa situación»,  advierte Teresa Carrascal, presidenta de la Federación de colectivos de Educación de Personas Adultas.

La crisis ha atraído a estas aulas a un público más joven y más masculino. Uno de estos alumnos, Jesús Ramírez, de 38 años, lleva varios años en los cursos de pregraduado para preparar el examen que le dé el graduado, que ahora es un requisito básico para cualquier trabajo. «Sabía leer y escribir, pero no entendía nada. Ahora quiero sacar el graduado para poder conseguir un trabajo», asegura Ramírez.  Este vecino de Pajarillos comparte ahora horas de estudio con sus cinco hijos, a los que inculca la necesidad de terminar sus estudios. Un ejemplo parecido es el de Domingo Fernández, de 43 años, que también se está preparando para conseguir el graduado. «Hay un compañerismo increíble, no se mira la edad sino que se comparte la cultura», concluye.
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